viernes, 19 de junio de 2015

Aprendiendo una lección Minimalista.

El curso ha terminado y mi "pequeñaja" ya tiene sus merecidas vacaciones.

Sus tíos han decidido regalarle una experiencia, pasear por la tarde donde a ella le apetezca y tomarse su helado favorito.

Tras el helado, fueron a una tienda de libros, donde tienen un apartado infantil, y tienen los libros muy accesibles para que puedan leerlos si lo desean.

Ella eligió uno que le gustó especialmente, y se sentó a leer. Llegó la hora de marcharse, pero ella no había terminado, por lo que sus tíos se ofrecieron a comprárselo como regalo de fin de curso.

Su respuesta fue una negativa, y continuó su lectura.

Sus tíos volvieron a insistir en regalárselo ya que era hora de marcharse y ella no dejaba el libro.

"Mejor no"- contestó. Lo cerró cuidadosamente y lo dejó en su lugar. Llegaron a casa, y me contaron en privado la anécdota.

Ya por la noche, mientras hablamos antes de que se durmiese, le pregunté por la experiencia en general, que cómo lo había pasado y me contara su tarde especial.

Pronto llegó a la parte de la tienda de libros, y cuando me contaba lo maravilloso que era el libro, le pregunté: ¿Por qué no lo has aceptado?

Su dulce, aunque tajante, respuesta: -"Mami, no quería cargarlo toda la tarde. No quería tener que hacerle hueco en la estantería y tenerlo ahí siempre después de leerlo. Creo que es mejor volver otro día y terminarlo, no te parece?".

Menos mal que la luz estaba apagada porque mi cara si que era un poema. Le dije que me parecía una sabia decisión y continuamos un ratito charlando antes de dormir.

Siempre me alegro mucho cuando leo a gente muy joven que ha decidido vivir sencilla y simplemente, me encanta pensar la de años maravillosos que les esperan por delante, así que os podéis imaginar lo orgullosa que me sentí con la reflexión de mi niña, tan pequeña todavía y con las ideas tan claras.

Menos mal que no podéis verme, os asustaría la anchura de orgullo que poseo desde entonces cada vez que lo recuerdo. Toda una lección de una niña, encantada de aprender de ella.

Hasta pronto.

4 comentarios:

  1. Querida Esther, conozco el poder que tienen las criaturas de sorprendernos a nosotros los “autosuficientes” adultos, muchas veces nos dan unas lecciones inolvidables, tal es el caso que nos compartes hoy, y sí, me figuro tu cara, es seguramente la misma que puse yo mismo en día en que un niño me dio una lección en plena calle, cosa que cuento en “Lección de solidaridad generosa” http://tribunaavalon.blogspot.com.es/2015/05/leccion-de-solidaridad-generosa.html
    solo que la tuya era especialmente feliz por ser tu hijita la protagonista, mi caso al ser un niño desconocido la atribuí a un Ángel encarnado en el niño que me contestaba a una situación anterior.
    Muy aleccionador la actuación de tu hijita (por cierto ¿Qué edad tiene?
    Un abrazo
    Alberto

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    1. Muy buena tu entrada Alberto, fue toda una lección de generosidad!! Ya me imagino el corte de verte con el molinillo en la mano (y cara de poema jejeje). La mia tiene ocho, un poco mayor que tu protagonista :D

      Gracias Alberto, un abrazo!!

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  2. Qué bonita tu niña, Esther.

    En realidad, ella a aprendido de ti. Hace unos meses, probablemente habría aceptado el regalo y se habría llevado el libro a casa. Es mérito suyo, pero tuyo también.

    Que lo sepas.


    Besotes.

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    1. Es posible, porque la montaña de juguetes y cosas que sacamos sólo de ella, creo que también le dejó una gran huella. Terminó hasta el moño de largar trastos, además con una facilidad pasmosa!!

      Me alegro muchísimo por ella, espero que así sea, viajará ligera y feliz por la vida, y yo más sabiéndolo ;)

      Un besazo!!

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